La sala marca 22 grados. Una persona se pone una chaqueta. Otra pregunta si se puede bajar el aire. Alguien acerca una taza caliente a las manos y, a pocos metros, una ventana se abre durante unos minutos. El termostato ofrece una cifra exacta, pero la escena no tiene nada de exacto.
La temperatura es uno de los pocos elementos de un espacio compartido que todo el mundo siente y casi nadie vive de la misma manera. Por eso genera conversaciones que parecen pequeñas y se repiten cada día: demasiado frío, demasiado calor, el aire da directamente, aquí no llega nada.
Una cifra con demasiada autoridad
Decir que una sala está a 22 grados suena a diagnóstico. Sin embargo, la temperatura del aire solo cuenta una parte de lo que ocurre. La radiación que llega de una ventana, la humedad, la velocidad del aire, la ropa y la actividad física también intervienen en la sensación térmica.
La edición de 2023 del estándar 55 de ASHRAE, una de las referencias internacionales sobre confort térmico, reúne precisamente factores ambientales y personales. Su planteamiento parte de algo sencillo: un ambiente térmico satisfactorio no depende de una cifra aislada y el nivel de confort varía entre personas. Consultar el estándar 55 de ASHRAE.
También cambia el lugar desde el que se mide. Un sensor situado en una pared no registra necesariamente lo que siente alguien junto a una fachada soleada, debajo de una salida de aire o al final de una sala. Dos mesas que comparten termostato pueden tener condiciones distintas.
El cuerpo no lee el termostato
En 2015, Boris Kingma y Wouter van Marken Lichtenbelt revisaron uno de los supuestos utilizados en los modelos clásicos de climatización: la tasa metabólica de referencia. Su trabajo, publicado en Nature Climate Change, señalaba que el valor convencional procedía de un perfil masculino y podía sobreestimar el metabolismo de las mujeres hasta un 35 %. El experimento fisiológico se realizó con 16 mujeres jóvenes, una muestra limitada, pero abrió una conversación relevante sobre quién había servido como medida para diseñar el confort de todos. Leer el estudio en Nature Climate Change.
Una investigación posterior analizó 38.851 respuestas recogidas en 435 edificios de oficinas de Estados Unidos. El 38 % de las personas encuestadas declaró insatisfacción con la temperatura y las mujeres representaron casi dos tercios de ese grupo. Según el análisis, la probabilidad de que la temperatura resultara insatisfactoria era 1,8 veces mayor para ellas. El estudio también encontró que la falta de control era la causa de malestar más señalada por hombres y mujeres. Consultar la investigación completa.
Estos resultados no permiten ordenar a todas las personas en dos preferencias cerradas. La edad, la composición corporal, la ropa, el estado de salud, la aclimatación y el tipo de actividad introducen variaciones dentro de cualquier grupo. Sirven para recordar que la temperatura neutra universal se parece más a una media estadística que a una experiencia compartida.
La ropa también diseña el espacio
Una camisa ligera, una sudadera y un uniforme técnico crean relaciones diferentes con la misma sala. La ropa forma una capa térmica que el edificio no controla, aunque sus sistemas se calculen teniendo en cuenta valores aproximados de aislamiento.
El código de vestimenta puede estrechar todavía más el margen. Cuando una persona debe vestir de una manera concreta, tiene menos capacidad para adaptarse. Lo mismo sucede cuando el trabajo exige permanecer sentado durante horas o, por el contrario, moverse, cargar peso y cambiar constantemente de zona.
Por eso el confort térmico no pertenece únicamente a los puestos frente a una pantalla. En un espacio donde se alternan actividad física, atención al público y pausas, una consigna única puede ignorar ritmos corporales muy distintos. La temperatura acompaña al trabajo real, no a la categoría que aparece en un plano.
El valor de poder ajustar algo
Los edificios suelen climatizar áreas completas porque resulta eficiente y técnicamente manejable. El problema aparece cuando una zona común se trata como si contuviera un único cuerpo.
Un estudio de campo siguió durante seis meses a 37 trabajadores que utilizaban sillas con calefacción y ventilación regulables. Recogió más de cinco millones de registros de uso y 4.500 respuestas. Las preferencias variaron entre personas sometidas a condiciones parecidas y el sistema alcanzó un 96 % de aceptabilidad térmica. La escala del estudio es pequeña y el dispositivo concreto no sirve para cualquier entorno, pero el resultado muestra el valor de introducir cierto control personal. Leer el estudio en Building and Environment.
Ese control no tiene que adoptar la forma de una silla tecnológica. Puede consistir en evitar puestos fijos bajo una corriente de aire, permitir pequeños cambios de ubicación, ofrecer zonas con condiciones algo diferentes o revisar la climatización cuando las quejas se concentran siempre en el mismo punto. Una manta guardada en un cajón puede aliviar una mañana; no debería convertirse en la solución permanente a un sistema mal ajustado.
Diseñar para la diferencia
La pregunta útil no siempre es cuál debe ser la temperatura. A veces conviene preguntar dónde aparece el malestar, a qué hora, con qué ropa y durante qué actividad. Las respuestas dibujan un mapa más preciso que el número del termostato.
También ayuda observar el espacio antes de corregirlo con más frío o más calor. La entrada de sol cambia durante el día. Una puerta se abre con frecuencia. Una reunión reúne durante una hora a más personas de las que la sala suele albergar. Una salida de aire apunta directamente a una mesa. El edificio tiene hábitos, igual que quienes lo ocupan.
El bienestar en el trabajo se construye también con estas decisiones discretas: escuchar una incomodidad repetida, medir donde sucede y permitir cierto margen de adaptación. No hace falta prometer una temperatura perfecta para todos. Hace falta dejar de considerar que quien siente frío o calor es una excepción difícil de gestionar.
Los 22 grados seguirán apareciendo en la pantalla. La diferencia está en tratarlos como un punto de partida y no como la última palabra.



