Madrid, 1898. En una fotografía de Christian Franzen, varias telefonistas trabajan frente a una centralita. A su alrededor hay filas de clavijas y cables. Cada conexión exige escuchar un destino, localizar una línea y unirla con otra. La ciudad habla por teléfono gracias a sus manos.

Hoy cuesta imaginar esa espera. Marcamos un número y la llamada empieza. Entonces había que pedir la comunicación y aguardar a que una operadora la hiciera posible. Desde finales del siglo XIX, ese trabajo acompañó la expansión del teléfono en España. Lo desempeñaron casi siempre mujeres. Sus voces eran la primera señal de que alguien estaba al otro lado.

La medida de un gesto

Ser telefonista requería habilidad y una atención constante. En las pruebas de acceso de Telefónica se llegaba a comprobar la longitud de los brazos: la operadora debía alcanzar los extremos de su puesto. Después venían las horas ante el panel. Había que encontrar la clavija correcta, manejar varias peticiones y atender con cortesía, también cuando el ritmo apretaba.

Los tiempos de atención se controlaban de cerca. Los turnos podían ser difíciles de conciliar con la vida fuera del trabajo. Fundación Telefónica conserva también fotografías y relatos de las salas de descanso: espacios para leer, tomar un café y hablar con las compañeras. La historia del teléfono incluye esos momentos compartidos, además de los aparatos y las fechas de cada avance.

Las centralitas se automatizaron poco a poco. El último servicio manual de España dejó de funcionar en Polopos, Granada, en 1988. Con él terminó el gesto de conectar dos cables para abrir una conversación. La atención telefónica, entretanto, había tomado otras formas.

Al otro lado, hoy

Quien atiende llamadas hoy usa auriculares, una pantalla y sistemas que distribuyen el trabajo. Resuelve consultas que una operadora de centralita nunca tuvo que abordar. Aun así, las dos escenas permiten reparar en el esfuerzo que queda fuera de la conversación de quien llama: escuchar con precisión, responder a tiempo y mantener la atención durante horas.

En un centro de atención, el trabajo también pasa por la voz y el cuerpo. El ruido alrededor dificulta la escucha. Una conversación tensa puede prolongarse más de lo previsto; la siguiente llamada llega enseguida. El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo señala entre los factores que conviene evaluar el ritmo, las pausas, los auriculares, la postura y las exigencias emocionales de la atención al público.

La fotografía de Franzen muestra los cables y las manos que hacían funcionar el servicio. Hoy gran parte de esa infraestructura queda dentro de una pantalla. Para entender cómo se vive una jornada de atención telefónica hace falta mirar también lo que la pantalla no muestra: cuánto dura la escucha, cuándo se puede descansar y qué apoyo tiene quien responde a una situación difícil.

Ahí comienza una conversación útil sobre bienestar en el trabajo. En wewill la planteamos a partir de cada equipo y de su jornada real. A veces la primera pregunta es sencilla: ¿cómo termina el día la persona que ha pasado horas escuchando a los demás?